Fanfic. GoT. Jaime Lannister 2.

JAIME LANNISTER 1 - IMAGEN

Aun habiéndolo pensado miles de veces en los últimos días, oír sus pensamientos en boca de su hermana era demasiado. Se sentía como si hubiera pasado toda su vida siendo aplastado por una enorme “roca” y su peso ya no estuviera allí pero en vez de hacerlo sentirse liberado, echaba en falta su peso… aquel peso que muchas veces sintió asfixiante pero que la mayoría de las veces sintió reconfortante.

Nunca había temido a nada en su vida, ni siquiera a la muerte, de hecho, a la muerte menos que a cualquier cosa pero ahora sabía que eso solo se debía a su padre. Su “Roca”. Si no hubiera sido por él, su vida habría sido distinta. Muy distinta. Pero gracias a su padre, él era lo que era en ese momento. Y, pensándolo bien, ciertamente era la mejor versión que podría haber sido de sí mismo ya que sin él, habría mandado todo a la mierda hacía muchísimo tiempo y allí estaría, todavía revolcándose en ella. Y es que por su padre, más que por Cercei, soportó los largos años de vivir a escondidas el amor que, aunque prohibido, llenaba todos sus sentidos. Por su padre no había gritado a los cuatro vientos que amaba a su hermana como solo un hombre enamorado puede amar. Por su padre no se la había llevado lejos para vivir como cualquiera podría hacerlo con nada más que amor en la bolsa. Por su padre había matado. Por su padre había mentido. Por su padre había sobrevivido en un mundo en el que la mala sangre era la buena, un mundo en el que hacer lo correcto no significaba absolutamente nada. Un mundo perverso que veía el amor verdadero como lo más sucio y la heroicidad como el peor pecado. Un mundo en el que él, simplemente, no había encajado nunca.

Sí, trabajaba un poco más que sus hermanos que se habían pasado la vida, una haciéndose vestidos y el otro tomándose todo el vino que podía pero ¿quién era él?. ¿qué era?. No lo sabía… Lo que sí sabía es que había mentido a su padre: Servir a la Corte no era la suma de sus ambiciones… ¡Por los siete infiernos!. ¡Él era igual que sus hermanos!. Un completo inútil que había malgastado su vida en…

– No, malgastado no. La amaba… – pensó. – O creía amarla… No, ciertamente la amaba. La amo… –

Su discusión interna no ayudada para nada a aclarar su mente. Sin poder soportarlo más, se dirigió a la puerta y se sorprendió un poco al verse salpicado de vino y vidrios. Su hermana le había lanzado una copa llena y ahora lo observaba resoplando furiosa. ¡Qué hermosa se veía estando furiosa!. Curiosamente, al verla directo a los ojos, su furia se desvaneció, como si le hubiera querido robar también ese segundo de felicidad que obtenía observándola. Frunció el ceño.

– ¿Es eso ternura? – pensó. – ¿me está mirando con ternura?. –

No pudo recordar cuándo había sido la última vez que lo había mirado de esa manera o si alguna vez lo había hecho. No… no es ternura. Es tristeza. Está triste. Y dos gruesas lágrimas gemelas rodaron por sus mejillas arreboladas y le dieron la razón.

La cabeza le daba vueltas como si él hubiera ingerido también la ingente cantidad de vino que había bebido su hermana y justo en ese momento escuchó en su mente la voz de su padre reprendiéndolo a los once años por haberse tomado una jarra completa de vino y haber vomitado la cena… Ese día lo había obligado a leer toda la noche y le había preguntado acerca de los detalles más insignificantes de la lectura y cada vez que no podía responder, veía el reproche en sus ojos y él se sentía como una cucaracha… hasta que hizo un esfuerzo que en ese momento consideró sobrehumano y empezó a prestar atención. Logró responder una pregunta. Una. Su padre se había levantado entonces de la silla en la que había estado sentado rígidamente por horas y lo había mirado desde su altura sentado en el piso sobre su propio vómito. “Limpia bien todo esto”, había dicho, pero en sus ojos ya no había reproche. Se había sentido tan orgulloso de sí mismo que ni siquiera el fuerte golpe que se había dado en la cabeza al resbalar intentando ponerse en pie, lo había hecho sentir mal…

Pensar en su padre lo había devuelto a la realidad, como siempre, pero por una vez, deseaba no ser consciente de esa realidad. ¿Qué se supone que haría de ahora en adelante?. ¡Su padre ya no estaba!.

Apoyó ambas manos en la puerta como si de esa forma pudiera detener la avalancha que amenazaba con aplastarlo. Por primera vez en su vida sintió ganas de gritar. Quiso volverse y regresar con Cercei para abrazarla fuertemente. Quiso ir con Tyrion y que este lo abrazara con todas sus fuerzas. Quiso ir con su hijo pero el Rey no estaría solo… nunca más lo estaría. Pensó en la pequeña Myrcella. Le habría bastado con sólo poder ver su dulce sonrisa tan solo por un segundo… pero estaba tan lejos… ¿Sabría que su abuelo había muerto?. Seguramente sí.

Su familia era probablemente una de las más prolíferas de todo Poniente, cientos y cientos de malditos Lannister… pero él estaba solo…

Escuchó un trémulo “Jaime” y eso lo hizo cuadrarse de hombros. Si volvía a escucharla pidiéndole que matara a Tyrion y lo volvía a besar para arrancarle la promesa, terminaría volviéndose loco. Tenía que salir de allí.

Recorrió los pasillos del castillo como en cámara lenta pero en realidad estaba casi corriendo. Veía sin ver los rostros adustos de la mayoría de las personas del castillo. Algunos otros lo saludaron con una inclinación de cabeza, respetuosamente y unos pocos, muy pocos la verdad para lo que hubiera esperado, con una sonrisa malévola en el rostro pero él no se detuvo ni devolvió los saludos de ninguna de las formas. Necesitaba toda su concentración para coordinar cada paso y mantenerse erguido. Sus pies finalmente lo llevaron a los jardines. Estuvo a punto de entrar al Septo para ver a su padre pero había gente y no se sentía capaz ni siquiera de dar la orden de que lo dejaran en paz.

Se medio escondió entre algunos árboles y la maldita capa blanca se enganchó en uno. La arrancó con rabia y se quedó observando la tela destrozada en sus manos. Apoyó la espalda en la pared de piedra y miró al cielo. Sentía tanto dolor por dentro… Esa vez fue su madre quien acudió a él. Sintió como su corazón se hinchó con el recuerdo de su madre acariciando sus cabellos suavemente. Su padre le había dicho: “no lo ayudes” y ella había respondido: “no lo haré”. Y no lo había hecho. Había entrado a la habitación y lo había visto limpiar tan pronto como los muebles habían dejado de bailar ante sus ojos. Cuando terminó, lo había llevado al baño y lo había bañado como cuando era un bebé y luego había cosido su herida. Lo había llevado a su cama y había puesto su cabeza sobre su regazo y le había dicho: “Duerme… yo estoy aquí… “

En ese momento, podía entender perfectamente porqué Cercei odiaba tanto a Tyrion. Las lágrimas le escocían en los ojos pero no podía dejarlas salir. No debía…

Cercei le había dicho una vez, mientras él se despedía de su madre acariciando su cabello, que los hombres no debían llorar a los muertos. Cuando él le había preguntado por qué lo decía ella le había contado que su padre así se lo había dicho mientras ella lloraba sobre su madre un rato antes. Nunca le dijo que él mismo había visto a su padre, derrumbado junto a su madre y llorando como un niño con Tyrion en brazos y tampoco la corrigió ya que su padre había dicho que era inútil rezarles a los dioses por los muertos, no llorar por ellos, según recordaba. Y es que sus ojos se habían llenado de lágrimas tan abruptamente y se había lanzado a sus brazos buscando consuelo y él solo había atinado a apretarla contra su pecho y mecerla entre sus brazos hasta que se había quedado dormida.

Intentó odiar a su hermano. Intentó verlo como un asesino, como un monstruo que había matado a su madre, a su padre y, si hubiera podido, a su hijo… La voz de Cercei resonaba en su cabeza… El olor de su padre le llegaba desde el septo… Su madre lo observaba fijamente desde dentro de su cabeza…

Se volvió abruptamente y golpeó la pared de piedra con su mano dorada. El golpe fue tan brutal que sintió como el metal había cedido en ciertas partes llenando el ambiente con un sonido macabro, mezcla de campana, espada danzante y chapoteo. Con ese golpe hubiera partido en dos a alguien si hubiera tenido una espada en la mano. Sonrió. Estaba vivo después de todo… Se lo dijo la sangre que empezó a manar del muñón que una vez había sido su mano… la mano que lo identificaba como uno de los mejores soldados del reino… la mano que ya no estaba… igual que su padre ya no estaba…

Trastabillando, logró sentarse y observó la sangre correr y manchar su armadura mientras pensaba en su padre. Pensó que su padre habría encontrado “práctico” el nuevo uso de mano y la verdad, tenía razón. No lo había pensado antes, pero la mano podría servir en batalla si es que lograba acercarse lo suficiente a alguien para asestarle un golpe como ese en el rostro. Igual estaría preparado para entonces. No se diría que no había plantado cara… o la mano en ese caso…

Un gato se subió a sus piernas y empezó a lamer la sangre. El gesto transformó a la pequeña bola de pelo de su hijo en un sanguinario león que se alimentaba lujuriosamente de un platillo servido en oro puro. Levantó el rostro y sus ojos se encontraron con los de su Rey. Se incorporó como pudo y de rodillas, levantó al gato hasta la altura de los ojos del chico.

– Está bien. Mira, es mi sangre. –

– Lo sé. – respondió el chico con voz firme… neutra.

No estaba seguro de si alguna vez habían estado a solas y si de haberlo estado, él se había atrevido a mirarlo a los ojos directamente, pero en ese momento, no podía apartar la vista. Los ojos de su hijo (¿Desde cuándo pensaba en él como “su hijo”?. Desde siempre… le respondió la misma voz que rondaba a diario sus sueños y que en ese momento reconoció como la de su madre…) lo taladraban. No había nada negativo en sus ojos. Nada. Solo una inmensa tristeza.

– Está triste por papá. – pensó. – Pero en él no hay furia como en Tyrion ni histeria como en Cercei. Solo tristeza… Es… mi hijo… –

– Lo sé. – respondió Tommen con apenas un susurro a las palabras no dichas por su padre.

– Moriría por ti. – quiso decirle – Y no sólo porque eres mi Rey… –

– Lo sé. – respondió otra vez Tommen, sin emitir sonido, apenas moviendo los labios. Jaime estaba seguro de que podía leer en su rostro todo lo que este quería y no podía decir.

– Siempre he querido… –

Esa vez, Tommen solo asintió levemente y Jaime pudo ver un peligroso brillo acuoso en sus enormes ojos.

Escuchó pasos y vio a los guardias de su hijo acercarse. Los muy malditos lo estaban buscando. Tommen los debía haber perdido para estar a solas con él. Miró a Tommen y sin poder explicarlo, sintió en los dedos ensangrentados de su mano dorada un cosquilleo… como si hubiera acariciado el cabello de su hijo y su mano de oro hubiera podido sentir el tacto de sus rizos dorados. Intentó tragarse el nudo que le cortaba la respiración pero parecía imposible. Se aclaró fuertemente la garganta justo cuando los guardias se colocaban al lado del Rey con los ojos desorbitados mirando a uno y a otro, asustados al ver tanta sangre cubriendo al “Matarreyes”.

Los miró detenidamente a cada uno a los ojos sin decir palabra y ambos bajaron la cabeza ofreciendo sendas excusas y promesas de que nunca más dejarían a solas al Rey.

Sin mirar a Tommen nuevamente, Jaime se volvió y se dirigió al Septo. Su padre por fin estaba solo.

– ¿Lo ves tía?. – pensó. – Yo también soy hijo de mi padre. –

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