Viñeta. “Fantome”. Ref. Capítulo 36.

Hace tiempo vi un capítulo de House que llamó mi atención. Una chica había sido violada y buscaba en la clínica saber si tenía alguna enfermedad de transmisión sexual. House la atiende y ella busca una conversación con él porque “confía en él”. Lo que más me llamó la atención por entonces fue cuando ella dice “Tiempo, el tiempo lo cambia todo”. En ese momento me quedé con esa frase. Por muchos años pensé que este cliché era uno de los más acertados. Probablemente por eso no presté tanta atención cuando House le respondió “El tiempo no cambia nada, eso es lo que dicen las personas. Hacer cosas cambia las cosas” (O algo así).

Ahora si le presté atención. Quizás siempre lo he sabido, pero me tomó 14 años reconocerlo…

***

Para ti.

***

– ¿Qué hace?. ¿Porqué está aquí después de todo?. –

– La verdad no sé, pero odio venir a comprobar que no se ha matado. La muy maldita se tira como si se lanzara en un vaso de agua y nosotros tenemos que venir a comprobar que esté bien. ¡Menuda loca!. –

– ¿Y cómo lo hace?. Me refiero a que, nadie a escapado de esta prisión, ¿no?. Mucho menos a nado. –

– No tengo idea. Igual no es que tiene que escapar, vive aquí, no está “presa”. Apura el paso. Si se hace de noche no habrá forma de regresar. Una vez tuve que quedarme aquí porque no encontré el camino de regreso. Casi muero. Los malditos dementores vinieron a buscarme y en vez de salvarme casi me matan. ¿A quién demonios se le ocurre mandar a un grupo de dementores a “rescatar” a alguien?. ¡Ese es otro loco!. –

– Bueno, tranquilo. De todas formas, no es que Londres esté más seco que esto. Por cierto, ¿por qué no vienen ellos a comprobar que está viva?. –

– Al parecer no la “sienten”. De hecho, es difícil incluso “verla”. Es… fantasmagórica. –

– ¿De qué hablas?. –

– La única forma de que lo entiendas es viéndola y créeme, no es una experiencia que quieras tener. –

– ¿Y porqué simplemente no la encierran en San Mungo?. ¿No es tomarse muchas molestias por ella?. –

Rickard frunció el ceño con la mirada perdida en el mar como si no lo hubiera escuchado pero pese a la actitud relajada de su compañero, le pareció detectar un deje de fastidio en su voz. O tal vez era sólo su molesto “sexto sentido”.

– ¡Qué bien!, ahora hasta yo lo llamo “sexto sentido”. – se dijo a sí mismo mentalmente, molesto por haber caído en las absurdas ideas acerca de sus habilidades, por no decir “dones”. – No se te ocurra tratar de acercarte, ni hechizarla, ni nada. Sólo abre los malditos ojos y observa. Si la vemos, podemos irnos. – dijo esta vez en voz alta.

– ¿Y porque sencillamente no decimos que la vimos y nos vamos?. –

– Realmente me pregunto cómo llegaste a ser auror. Ya sabes, para serlo debes tener un mínimo de inteligencia o por lo menos un poco de sentido común y tú pareces carecer por completo de ambos. –

– ¡Bah!. ¿Te refieres al “registro”?. ¡Puff!. ¿Crees realmente que ese vejestorio “ve” algo?. ¡Por favor!. Es tan anciano que seguramente se queda dormido en las sesiones. –

Rikard detuvo su vuelo y observó atentamente a su nuevo compañero. Se dijo que lo primero que haría al regresar sería pedir cambio. Era muy probablemente que se lo negaran. El tipo se las ingeniaba para caerle bien a todo el mundo pero no estaba dispuesto a poner su vida en manos de un idiota capaz de ignorar las más básicas reglas de seguridad y que además tenía tan poco sentido común para pensar que la rendición de reportes era cosa de tontos. Desde el primer día que lo habían hecho rendir el primero supo que el Departamento de Misterios estaba buscando algo, quizás un objeto que los ojos humanos podían captar pero que sólo el interesado podría o sabría reconocer y la tarea se la habían encomendado a los Inefables, gente cuya sola mención hacía temblar hasta al más valiente, sin importar el bando en el que estuviera al momento de ser sometido a inspección.

Una corriente de viento especialmente fuerte lo hizo derrapar hacia la izquierda y lo lanzó furiosamente contra lo que esperaba fuera la piedra que sostenía la fortaleza sobre el mar pero el golpe no llegó, por lo menos, no contra las piedras, aunque sí contra las olas, aunque no por mucho tiempo porque su compañero, en una maniobra realmente impresionante, lo “lazó” y colocándolo a su lado en una fracción de segundo. Tal vez se tomaría un minuto en pensar sobre lo de cambiar de compañero. Carl era “famoso” por sus excelentes reflejos y su inusitada fuerza.

– Gracias. – dijo y Carl sonrió con esa franqueza que sólo él podía demostrar y que lo ponía enfermo a Rikard. Le hizo una seña con la quijada para mostrarle algo y fue cuando la vio.

Había mentido cuando dijo que no era algo que se quisiera ver. Todo lo contrario, era realmente un espectáculo, terrorífico, pero hermoso a la vez, verla surgir de las aguas tempestuosas para luego posarse en la piedra. Su piel brillaba, cosa que por lo menos debería resultar extraña en ese lugar ya que apenas había algo de luz. En sus manos llevaba algo, un objeto pequeño que colocó frente a sus ojos y observó con infinita ternura.

Carl a su lado, estaba completamente arrobado. Sonrió para sí cuando recordó que él mismo se había sentido hechizado la primera vez que la vio. Frunció el ceño al recordar que también entonces la había visto salir del mar con algo en las manos y que había pasado toda la noche buscando lo que fuera que hubiera sacado del mar, luego de que ella lo mirase directamente, dejara el objeto sobre la piedra y se zambullera en el agua en lo que le pareció un solo y fluído movimiento. Ese fue el día en que casi muere de frío, bueno, el segundo. Dos días les tomó a sus compañeros encontrarlo. A él le parecieron mil. Estaba completamente seguro de que si no hubiera sido por ella nunca lo hubieran encontrado. De alguna forma ella los había guiado hasta él. Sabía que le debía la vida y volvió para agradecérselo, pero cuando lo hizo, casi muere otra vez. Estaba tan furiosa cuando lo vio y él tan desconcertado que no hizo nada cuando ella lo hizo botar por doquier sobre las olas. Ni siquiera cuando le rompió las piernas, o el brazo, o la cabeza, ni tampoco cuando se lanzó al agua y desde adentro, lo halaba hacia ella. Supo entonces que la oscuridad que se fue cerniendo sobre él era por falta de oxígeno y que iba a morir. Incluso con esa certeza latiendo en cada fibra de su ser fue incapaz de hacer nada, se dejó arrastrar al fondo, sin luchar por su vida. O tal vez si lo hizo, tal vez se debatió con todas sus fuerzas buscando una bocanada de aire que le devolviera la vida. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. El resultado fue el mismo: traspasó el “umbral” o… casi…

– Es hermosa. –  susurró Carl devolviéndolo al presente.

– Lo es. Pero no intentes acercarte. No la mires. No le hables. Nunca. ¿Entendido?. –

– ¿Sabes?. No soy estúpido. Sé que las sirenas son mortales… Bueno, no mortales porque se mueran, sino porque matan a quien puedan, las muy desgraciadas. –

Rikard sonrió. Ella no era una sirena pero entendía porque su compañero la había comparado con una. Él había pensado lo mismo cuando no encontró rastros ni de ella ni de su “tesoro” sobre la dura roca pero cuando llegó al Ministerio, le habían dicho que ella era una bruja, muy poderosa, a la que era preferible evitar pero a quien no se le podía dejar de vigilar. A su modo era buena, ayudaba a los náufragos. Sin embargo, los odiaba con la misma pasión con la que se afanaba por salvarlos. Cualquier persona podría racionalizar el hecho de que alguien quisiese salvar de la muerte a gente desconocida, pero nadie entendía cómo podía sentir el peligro a tan largas distancias o porqué había hecho de Azkaban su hogar. Cada vez que se zambullía en las oscuras aguas cualquier humano podía escuchar un sonido que traspasaba el alma pero que solo se sentía. Nadie había podido nunca descifrar qué palabras se escondían debajo del sonido articulado que, aun recorriendo distancias enormes en a penas unos segundos, golpeaba físicamente con todo el poder de una gigante ola. Incluso los dementores eran “respetuosos”. Cualquiera asumiría que estarían pegados a ese ser maravilloso y escalofriante buscando alimentarse de la profunda tristeza que parecía cubrir un amplio radio a su alrededor, pero no, los dementores se mantenían alejados.

– Bueno, ya la vimos, ¿no?. Vámonos. – dijo Carl en tono de fastidio mientras agarraba fuertemente el palo de su escoba. Rikard no respondió y Carl frunció el ceño. – Se acerca una tormenta, Rikard. – insistió.

– Vaya, eres todo un experto. –

– No, no lo soy, pero estoy calado hasta los huesos, tengo hambre y me duele el culo. ¡Cómo odio volar!. Ya, ¡vámonos!. No quiero estar aquí más de lo necesario. –

Rikard frunció el ceño. Él tenía su propia misión que cumplir, algo muy importante para él y no podría hacerlo si su compañero estaba tan al pendiente de lo que sucedía con el “Fantasma”, cosa rara ya que los pocos que alguna vez lo acompañaron siempre estaban muy ocupados para hacer otra cosa que no fuera tratar de no caerse de la escoba y perderse en el mar o bien, tratar de no estrellarse en las rocas. Hasta que llegó Carl, tan emocionado por su “primera” misión, tan “atento” siempre a cualquier movimiento y ahora tan “apurado” por regresar.

El vello de los brazos se le erizó y fue entonces cuando lo supo. La emoción lo acuchilló igual que la sensación de pánico que lo embargó a partes iguales pero no le importó. Cambió de postura y ya no parecía que estuviera a punto de caer al mar, flotaba con la misma elegancia y habilidad que sus años de experiencia le habían otorgado y que sólo mostraba cuando estaba solo.

– Habría jurado que sí, que deseabas estar aquí. Que incluso lo necesitabas. Me parece que buscas algo. Nadie ha querido ser mi compañero en muchísimo tiempo y vienes tú y te ofreces así, sin más, luego de haber perdido a alguien muy cercano. Dime Carl, ¿la persona que buscas desapareció en el mar?. Si es así, te aconsejo que no intentes preguntárselo a ella. Todo aquél al que ha ayudado, ha regresado a casa sano y salvo. Si tu persona “extraviada” no volvió, es porque ella no pudo ayudarlo. –

Rikard debió admitir que la transformación de Carl fue muy interesante y los pocos segundos que perdió en su contemplación le valieron a su, ahora atacante, para lanzarse sobre él y apresarlo entre sus brazos. “Maldición, como odio tragar agua de mar” pensó mientras se debatía con la criatura para alcanzar las branquialgas que siempre llevaba consigo. A penas si consiguió metérselas a la boca con tanto forcejeo. Estaba envuelto en una oscuridad absoluta y la criatura seguía llevándolo hacia lo que le parecía era el fondo del mar. Otra vez la opresión en el pecho, otra vez el dolor en los oídos, otra vez, la nada…

Sabía que un vampiro no sería contrincante para ella, pero si debía salvarlo primero cabía la posibilidad de que resultara herida. Pensarlo le dio la fuerza suficiente para desembarazarse del “chupasangre” justo en el momento en que la vio cernirse sobre ambos. Ella también era muy fuerte y casi lo parten en dos al tirar cada uno hacia su lado. Finalmente ella logró arrancarlo de las manos engarfiadas del vampiro llevándolo a la superficie donde la potencia del mar lo llenaba todo. Pensó que aunque hubiera gritado al sentir los profundos cortes que las garras del vampiro le habían dejado por donde intentó asirse a él para no perderlo, ella no lo hubiera escuchado, pero se sintió orgulloso de no haberlo hecho de todas formas.

Se concentró entonces en tratar de captar todo lo que sucedía a su alrededor mientras con mucho cuidado (lo que era difícil mientras aparentaba estar inmóvil y con los ojos cerrados) rompía el contenedor de la poción que ralentizaría sus signos vitales, pero que al cabo de un rato le permitiría recobrar la conciencia. Se quejó mentalmente al mezclarse los sabores de la poción y las branquialgas que aún tenía en la boca y que trataba de tragarse a la vez.

Esperaba que su “fantasma” pensara que necesitaba ayuda y que lo llevara a su guarida pero tomó las medidas necesarias para sobrevivir hasta que llegara su escoba, de ser necesario. Lo que no se le ocurrió en ningún momento es que ella se desmaterializara para llevarlo de vuelta a Azkaban.

El golpe que se llevó al estrellarse contra la pared externa de una de las celdas fue atroz. Lo dejó sin aire. Vomitó estrepitosamente todo el contenido de su estómago, que era bastante escaso, dicho sea de paso, pero y se sintió muy orgulloso por ello, no perdió la conciencia. Invocó a su Patronus en silencio y llamó a su varita para tratar de curarse. Lo que menos necesitaba era que los dementores se acercaran a él en el estado en que se encontraba.

Su cerebro dejó de funcionar cuando sintió el “grito”. Todo su cuerpo se paralizó al sentir las vibraciones que aquel sonido “silencioso” lanzaba contra todo, tan demoledor como una pared de concreto “adornada” por un sinfín de cuchillas filosas. El “lamento” era tan profundo, tan… fuerte, tan devastador que sólo podía pensar en “dolor”, ella sufría, pero también hablaba de ira, llana y pura.

No lo vio acercarse hasta que lo tuvo dentro de su campo de visión como tampoco había visto que estaba sentado sobre un charco enorme de sangre, su sangre. Sonrió al pensar que por lo menos lo haría arrastrarse para chupar la piedra. Había perdido mucha y suponía que el vampiro no la desperdiciaría. Ya que no podía hacer nada al respecto, se concentró en la desolación que lo llenaba todo. El mundo se había comprimido en un minúsculo punto sobre su corazón. ¿O era su mente?. El dolor que sentía flagelaba todo su ser.

Los dementores salieron en desbandada desde dentro de la prisión en pos de ella. También salió Draconus Prince. El conjunto parecía conformar una espesa niebla negra y entonces fue él quien gritó: Draconus iba en pos de ella, de su Fantasma con todo su ejército de dementores. La consumirían seguramente… desaparecería… Por un momento pensó si no sería mejor para ella, dados los horrores que sabía encerrados en su corazón (¿era realmente posible que alguien pudiera sentir tanto dolor sin romperse?)…pero pensar no verla jamás fue demasiado para él.

Sintió un sonido “crujiente” que le erizó todo el vello corporal. ¿A eso se refería la persona que en algún momento acuñó la frase “romper el alma o el corazón”?, no tenía ni idea pero un llanto seco (probablemente era así porque sus fluidos se habían escurrido de su cuerpo junto con su sangre) lo sobresaltó. El vampiro lo observó con avidez por unos segundos pero luego su mirada se tornó melancólica y casi con una disculpa en la mirada, dio media vuelta y se lanzó al vacío.

No podía dejar que se la llevaran. Estaba viva, lo sabía. Se dijo que solo alguien que estaba muy vivo podía sentir de la forma que ella lo hacía. Se arrastró como pudo al borde de la fortaleza y se lanzó buscando alcanzarla de alguna manera…

***

– Claro que he sido feliz. No sería capaz de sentir esto si no lo hubiera sido, si no hubiera amado… Tú lo sabes, lo comprendiste perfectamente. Por eso lo hiciste. –

Rikard observaba atentamente a la mujer que tenía frente a sí y que en ese momento hablaba a una pared de roca lisa que tenía en frente, meciéndose adelante y atrás mientras daba pequeños golpecitos a la pared con la frente y se golpeaba pasito sobre su pecho en el lugar donde debería estar su corazón. Físicamente se veía más “clara”, una versión no tan etérea como el fantasma que rondaba por la prisión de Azkaban.

– Amé, de todas las formas posibles… –

Pasaron los segundos, los minutos y finalmente horas pero “ella” solo se mecía sin agregar nada más a su monólogo. Entre más tiempo pasaba, todo se iba aclarando: No había muerto, estaba en lo que podría ser la guarida de “Fantome” y tenía clavado en el brazo lo que parecía ser una varita oscura. Más que varita, parecía ser un largo estilete redondeado, hueco por dentro, desde donde salía un líquido que podría jurar, era sangre, que se introducía en sus venas, gotita por gotita, revitalizándolas.

– ¡NO!. –

El golpe de terror que lo invadió hizo que dejara de respirar pero no podía moverse. Si había algo a lo que temía era a cualquier cosa que pudiera tener que ver con sangre, pero a pesar de que en su interior sentía que se removía en el camastro que lo acunaba, sus ojos le decían que no se estaba moviendo en realidad. ¡Estaba paralizado!. No petrificado, ¡paralizado!. Una voz en su cabeza lo sacó del shock.

– Sí, estás paralizado. Carl lo hizo, eso que tienes allí es muy filoso y contiene una redoma de sangre. Está hechizada para que vierta la cantidad que necesitas… La redoma, me refiero. La sangre es humana, la única que encontramos disponible, pero no te preocupes, está completamente sana. Yo sé de esas cosas. –

Rikard no supo que le supuso mayor asombro, si el hecho de estar vivo, el de estar con ella o la dulce voz que no se parecía a ninguna que hubiese escuchado antes y mucho menos si se comparaba con el llanto lastimero que le había escuchado emitir hacía muy poco.

– Es raro que lo hayas escuchado. Muy raro. – comentó “Fantome”. – Muy pocas personas han escuchado mi llanto. Lamento que lo hayas hecho. –

– Yo no. No es la primera vez que lo escucho. Por eso necesitaba… –

– No puedes. Nadie puede. –

– Pero…-

– ¡No!. –

Dicho esto, el ser se desplazó hacia una esquina rodeada por enormes piedras. Seguramente estaban al pie del acantilado. “Siempre estamos al pie de un acantilado…” escuchó que respondía ella a la pregunta no dicha y de pronto, no tuvo conciencia de nada más.

***

– ¿Ya regresaron de Azkaban?. –

– No, ninguno. –

– Hmmm, ¿se han comunicado?. –

– No, ninguno. –

– ¡¡¡Maldición!!!. Manda a otros dos. –

– ¿Para qué?. ¿Cuántos más deben perecer en ese maldito acantilado?. ¡Ya basta!. –

– Cuando deje de ser Ministro de Magia realizaré la “vigilia” por mi cuenta. Mientras el Ministerio ocupe mi tiempo, yo usaré sus recursos para mantenerme informado. ¿Esta vez te quedó claro?. –

Miranda midió a su jefe y amante con tanta rabia que parecía que literalmente echaba humo por las orejas. En respuesta, el Ministro de Magia esbozó una dulce sonrisa que se acoplaba perfectamente a la sedosa y por tanto, amenazadora voz empleada un segundo atrás. Miranda sabía lo que ocurriría y no quedó decepcionada.

– No, parece que no. Quizás salir te ayude a aclarar tus ideas. Ve. –

***

Seguía vivo. Una vez más abría los ojos y se daba cuenta de que su corazón seguía latiendo, que sus pulmones seguían respirando y lo que era más importante aún, tenía conciencia de todo ello.

– ¿Has hecho todo esto porque piensas que “sufro”?. –

– Estoy seguro. He escuchado tu llanto. He sentido tu dolor. –

– Sí, me duele y sí, he llorado, mucho. Pero el dolor no implica sufrimiento. No necesariamente. No siempre. –

– ¿Cómo es eso?. –

– Sabes que es por alguien que ha estado conmigo y seguirá estándolo siempre, pero no de la misma forma que si estuviera aquí, en este mismo plano. No es que sea un sentimiento estancado, pero sus proporciones aumentan limitadas por mis propias carencias. Quizás por eso piensas así, pero lo más difícil de todo esto es cuando trato de recordar su calor. Duele, pero no significa que sufra por ello. Es un sentimiento profundo, más grande que yo misma y a veces me desborda. En esas contadas ocasiones eh ido al mar. Sé que muchos piensan que vivo aquí, pero no es así. Sí, vengo muy seguido porque “siempre” hay alguien en peligro y me es muy fácil salvarlos. Haciéndolo, siento que pago un poco por el “veneno” que he derramado, aunque es infructuoso porque al hacerlo derramo más. El que sea tan fácil me atormenta por no haber estado allí para él. Llegará el día, espero, en que pierda menos veces los estribos.

De allí viene el llanto. Lo extraño tanto a veces, pese a que también siento que está conmigo en todo momento. Es contradictorio, lo sé, pero me alegra y me maravilla sentirlo. Lo que siento por él es algo que nunca más he sentido ni creo que sentiré de la misma forma. Aunque no lo creas, soy humana y cuando me dejo embargar por todos estos sentimientos, es cuando más humana me siento. Después del dolor, después de las lágrimas lo que queda es una sensación perfecta, mezcla de serenidad y… ¿sorpresa?. Y es que es increíble que alguien tan minúsculo, tomando en cuenta la magnificencia del universo, sea capaz de amar de la forma en la que yo le amo. –

– ¿Después de tanto tiempo?. –

– Creo que no me estás prestando atención. Ves, por eso no me gusta hablar de mí, me vuelvo un ocho imperfecto y pierdo la atención del público. – se burló ella, sabiendo que tenía la completa atención de Rikard. – ¡Por supuesto!. Y así será siempre. – añadió al ver el semblante adusto de Rikard.

– ¿Porque piensas que nunca más amarás de esa forma?. –

– Porque he amado de muchas formas y ninguna de ellas se le compara. No me malentiendas, he vivido y amado con pasión, no sé hacer las cosas de otra manera, es sólo que es diferente. “Mis rayas” ya no están en este plano, pero están. Todas las demás, son diferentes. Habrán otras muy parecidas pero nunca ocuparán “el puesto” porque simplemente no hay puesto que ocupar. Él siempre estará aquí. Aun así, siempre hay espacio para más. El corazón es un espacio infinito. El asunto está en que si uno intenta llenarlo, lo único que logra es agrandarlo… Pero es hermoso lo que sucede en el proceso. Lo que viste, escuchaste o… sentiste  sólo ha pasado dos veces y creo que para que haya una tercera pasará mucho tiempo. El resto del tiempo he sido feliz. –

Rikard no podía creer que tan sólo un par de días antes hubiera estado a punto de morir en compañía de un fantasma que parecía a punto de desaparecer. Probablemente era la mejor metáfora: ¡Efectivamente era un fantasma a punto de desaparecer!. La mujer que tenía en frente no tenía nada que ver con aquélla de dos días atrás.

– Déjalo ser. No pienses más en ello. –

– No es sólo curiosidad, ¿sabes?. Es más que eso. –

– Lo sé, ¿pero para qué buscas meterte en camisa de once varas?. Eres una buena persona, lo he “sentido” y ya te dije que es lo que pasa, disfrutemos de esto, después de todo, el amor es para disfrutarlo, no para que nos complique. –

– Entiendo lo que dices pero, quiero que seas feliz, real y completamente feliz. –

– Lo soy. Completamente. Es más, querido, creo que mi vida es más completa que la tuya. Estás concentrado solamente en querer hacerme feliz y no haces nada más por tu vida. Yo hago muchas cosas, entre ellas, sumirme en la desesperación, aunque esta no llega a pasar de ser una mera “etapa”. De allí, todo lo demás es placentero. Tú, en cambio, estás como “suspendido”, pendiente siempre de lo que sientes por mí. Nadie puede vivir toda la vida supeditado a alguien más, eso no es vivir. Entonces, cierra esa hermosa boquita y… vamos a “vivir”… ¿Te apuntas?. –

La mirada y el tono de voz no podían ser más lascivos. Era la representación humana del descaro y la lujuria y el cuerpo de Rikard respondió con todo el anhelo de poder hacer propio algo que se ha deseado por demasiado tiempo, sin embargo, Rikard no se movió. Ella le sostuvo la mirada por lo que pareció ser una eternidad y al final, se acercó lentamente a él para abrazarlo y fue tal la dulzura que lo embargó que Rikard rompió a llorar, pero no era más que la expresión de la absoluta felicidad que sentía en ese momento. Ella se separó un poco, lo miró a los ojos y… sonrió. Luego desapareció, pero por una vez en su vida, no se sintió solo.

***

– ¿Estás completamente segura de que fue la última vez que la vió?.  –

– ¿Ahora dudas de mis artes legeremánticas?. Soy la mejor, tú lo sabes. Si ya te hartaste de mí, dímelo, pero no me hagas seguir perdiendo el tiempo con preguntas estúpidas. –

– Está bien. Largo. –

No, nada estaba bien. Las cosas se estaban complicando cada vez más y él, como Ministro de Magia no podía desatender lo que ocurría a su alrededor, no con ese demente que se hacía llamar Lord Voldemort suelto por allí haciendo de las suyas abiertamente. Que él recordara, jamás había habido un mago tan impertinente como para andar reclutando gente y haciendo alardes del uso de las “artes oscuras”. Le estaba causando muchos problemas y sabía que tenía que concentrarse en ello pero no podía dejar de lado al “Fantasma”. Le preocupaba más un ser maligno por naturaleza que un chiquillo a todas luces arrogante que se las daba del “más poderoso”.

También estaba el hecho de que Dumbledore pensaba exactamente igual que él. Recordarlo le hizo desechar todas sus dudas y pidió que se reforzara la vigilancia en Azkaban. Hasta hacía poco habían descubierto que no todos los dementores eran iguales y había algunos muy peligrosos por su cuenta.

– Si todos estos “bichos” se unieran, la que se armaría. Pero no, los dementores no desobedecen a Draconus y “Fantome” al parecer, entró en una de sus fases “brillantes”. Vaya, después de todo, no están mal las cosas… –

***

– ¡Maldición!. Sé que he olvidado algo pero no puedo recordar qué es. –

Rikard estaba sólo en su habitación, cambiándose de ropa aunque no tuviera motivos para ello. Estaba tan limpio como cuando salió en la mañana a trabajar, sólo tenía la sensación de estar sucio, mojado y completamente aterido. La sensación de desorientación no le era completamente desconocida, sabía que lo habían desmemorizado y que se habían quedado con algunos de sus pensamientos, o bien, los habían modificado. Buscó su registro de “heridas” y luego se hizo un minucioso autoexamen para ver qué tan peligrosa había sido su última misión. Obviamente nadie sabía de la existencia de este record, por lo cual no prestaban demasiada atención a tapar las huellas, pero aunque lo hubieran hecho, igual sabría tarde o temprano lo que había ocurrido. Nadie sabía que él era capaz de “sentir” cosas pasadas o futuras, incluso cosas presentes que luego se le revelaban en algo parecido a sueños.

“Son visiones, no sueños”, le decía su madre constantemente pero como ella lo había dejado siendo apenas un bebé y sólo la recordaba a través de las “visiones” o “sueños”, la verdad, no podía estar seguro.

De lo que sí estaba seguro era de que si alguien sabía que, tarde o temprano, él podía saber la verdad de su diario vivir, jamás lo enviarían a una nueva misión y para saber cuál aceptaría no tenía que esperar a soñar… en su casa, casi cada superficie tenía anotadas las palabras “Azkaban” y “Fantome” escritas con sangre, su sangre, invisible e indeleble.

Lo último que hizo antes de irse a la cama fue escribir nuevamente “Azkaban” y “Fantome”. Esta última palabra bailó ante sus ojos hasta que le ardieron por no cerrarlos pero cuando al final lo hizo, por primera vez desde hacía mucho tiempo, pudo ver su rostro perfecto tan claramente como si la tuviese a su lado. Incluso pudo sentir su calor abrazarlo. Tuvo miedo de abrir los ojos para comprobar si efectivamente había alguien a su lado. En vez de ello, respiró profundamente su aroma, deslizó la mano suavemente por su cabello y apretó fuerte.

Fue un momento mágico.

– Ahora lo entiendo… – dijo bajito y sintió cómo contra su mejilla se dibujaba una sonrisa.

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Un pensamiento en “Viñeta. “Fantome”. Ref. Capítulo 36.”

  1. No creo que el tiempo cambie las cosas o la manera de pensar, tu seguirás siendo la mujer más grande que he conocido y que conoceré, por que cosas que hicistes y cosas que hice todavia duelen y nunca me lo perdonaré…. tu sabes lo que sentimos… un beso feliz año nuevo….

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